El delirio de MogadorPor toda la ciudad gritos de gaviotas y brisa te seguirán
Cuando vi Essaouira por primera vez pensé que deliraba. Dos días después vi la ciudad delirando efectivamente a causa de la fiebre
Soñé con Essaouira años antes de pisar sus calles. Mi viaje a ella empezó un jueves a medio día, en una biblioteca, cuando mis ojos toparon con el lomo de un libro delgado: Los jardines secretos de Mogador, de Alberto Ruy Sánchez. En los meses que siguieron leí todos los libros donde el autor habla de esa ciudad que tiene la doble cualidad de ser un sueño y un lugar real, bañado por el Atlántico en Marruecos. La denominación de Mogador se la dieron los marinos portugueses medievales, pero ahora se conoce mejor con el nombre árabe de Essaouira, que se pronuncia como un susurro del mar aspirando la doble 's' y terminando con la unión de las vocales. Aunque siempre desee conocer esta ciudad más allá de los libros, cuando estuve en Marruecos un verano, no imaginé que mis pasos me llevarían hasta su muralla lamida por la sal. Donde termina la muralla y empieza el puertoEl canto incesante de las gaviotas fue lo primero que me hechizó al recorrer la ciudad. Guiada por él recorrí una y otra vez la parte de la ciudad donde termina la muralla y empieza el puerto. Ahí, lo barcos pesqueros derraman sus vientres cargados en el muelle. Los marinos arrojan restos de pescado a las gaviotas, que flotan constantemente como blancos papalotes sobre los arcos que dan entrada a la medina. Una vez que me sustraje al embrujo de esa zona, pude adentrarme en el zoco, mercado laberíntico de la ciudad donde uno encuentra todo tipo de especias, además de frutas y verduras. Como saben los locales, las mejores y más frescas piezas se exhiben en una zona abierta del mercado, sobre mesas de azulejo. Los mariscos se pueden cocinar en otro local o llevarse a casa para ser preparados. Uno de los secretos de la belleza en Mogador es que normalmente se da en atisbos. Las mujeres son la prueba viva de ello. Yo misma topé con imágenes sutiles, pero seductoras: los tobillos cubiertos con medias de complejo diseño y los delicados zapatos de tacón apenas asomados bajo la cofia de una mujer madura, las cejas peinadas impecables sobre los ojos oscuros de una muchacha, o un par de ancianas que topé en la calle envueltas en gruesos pedazos de tela blanca, como apariciones apenas humanas bajo tanta ropa. La belleza interiorLa ciudad misma tiene la mayor parte de su belleza hacia el interior: desde la calle, todos los edificios son de un blanco impecable, con puertas y ventanas normalmente pintados de azul y herrería decorada por la herrumbre y el salitre. Sin embargo, en cuanto me asomaba a los portales abiertos, una hermosura más compleja se me revelaba: callejuelas laberínticas donde se exhibían canastas, cuadros y ropa, perfumerías, locales repletos de instrumentos musicales desconocidos. Pronto aprendí que, aunque caminara sabiendo exactamente a donde iba, perderme y demorarme en llegar era, más que un inconveniente, un lujo. Porque cada puerta de la ciudad se abre a un mundo distinto, regido por armonías propias. Así, al trasponer el umbral de lo que aparentemente era una tienda de postales, descubrí un hermoso café de dos pisos, y muy al interior de una tienda de artesanías, tras recorrer varios cuartos y corredores, encontré exquisitas marqueterías y tallas de madera dispuestas como en un mundo de sueño. Al subir por unas escaleras estrechísimas, llegué a una sala-restaurante hermosamente alfombrado, y al cruzar unos arcos en una zona más descuidada de la ciudad di con un patio que era un escándalo de azulejos y luz. Antes de dormir, agotada por tantas y tan especiales visiones, fui a un pequeño local para tomar un vaso de té tradicional: hojas como de hierbabuena sumergidas en agua hirviendo con mucho azúcar. La caricia del marA la mañana siguiente, descubrí que el aire de mar puede ser en Essaouira una caricia o un golpe, pero siempre una intensa invitación a volar. Las gaviotas que planean junto a la muralla lo demuestran pero también quienes vienen al lugar para practicar windsurf en una playa cercana, o aquellos que guían barcos de vela sobre la arena, impulsados sólo por el viento. Ese día, sólo pude caminar un poco por la ciudad antes de sentirme agotada. Encontré grupos de músicos callejeros que llevan no sólo sus instrumentos, sino su fiesta a donde van. Regresé a mi cuarto de hotel y abrí la ventana. Cerré los ojos y me tumbé sobre la cama. El sonido me hacía sentir en la calle: voces, risas, pregones, un murmullo incesante. Tras unos minutos de escuchar el sonido del mar en mi habitación, presentí que la fiebre empezaba a adueñarse de mí. Descubrí algunas ronchas en mi vientre: eran los primeros brotes de la varicela. Cerré los ojos. Supe que en el muelle, la danza aérea de las gaviotas tenía por fondo el atardecer. Saqué del armario una manta que olía a humedad y me cubrí con ella. De algún modo, muy real, la ciudad me había atrapado. Empecé a vislumbrar en mi mente que pasaría ahí más tiempo del que había previsto, y sonreí para mí misma. Por un instante, dejó de importar el boleto de avión que ya había comprado para ir a Barcelona, y los planes que tenía hechos para el resto del viaje. Estaba en Mogador, que ya no era sólo un sueño, sino una delirante realidad, alimentada por la fiebre y la legendaria belleza de aquel puerto.
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